Los conflictos comerciales suelen abrir las puertas a nuevas oportunidades, pero está en la capacidad y la inteligencia del país perjudicado saber aprovecharlas. Y la Argentina se ha especializado a lo largo de su historia en dejar pasar varios trenes de oportunidades.
Hace tres cuartos de siglo, el cierre del mercado de carnes por parte del Reino Unido pudo haber sido la oportunidad para que la Argentina diversificara los destinos de sus exportaciones y encarase al menos un tímido proceso de industrialización liviana. Pero el Gobierno en particular y la clase dirigente de entonces en general eligieron, al contrario, profundizar los lazos de dependencia con los británicos.
Entre abril y julio de este año se produjo una situación con algunas similitudes. La República Popular China restringió las importaciones de aceite de soja de la Argentina. La mala noticia podía transformase en buena si el país aprovechaba la soja para la alimentación animal y, en consecuencia, realizar exportaciones con mayor valor agregado. El camino elegido fue exportar poroto de soja, es decir un retroceso en la calidad mediante la primarización de las exportaciones. Días atrás el conflicto pareció encontrar una solución, con el levantamiento de las restricciones por parte del gobierno chino. Pero habrá que esperar hasta el año próximo para conocer en los hechos las consecuencias de ese entendimiento: China obtuvo por parte de la Argentina el compromiso de no aplicar barreras al ingreso de diferentes productos del país asiático.
La decisión se dio a conocer casi de manera simultánea con un informe sobre la caída de las importaciones de calzado de origen chino. En pocos meses, la industria nacional del calzado podrá comprobar que la relación entre la soja argentina y las sandalias chinas es mucho más estrecha de lo que se sospechaba, sin entrar en consideraciones para otros rubros de las manufacturas locales. La relación entre soja y zapatos no es, sin embargo, la principal muestra de que la intención del Gobierno no pasa por otorgar mayor valor agregado a las exportaciones -más allá de las permanentes declamaciones en contrario- sino de obtener recursos a cualquier precio, aun el de la consolidación de la primarización del comercio exterior. Así lo demuestra la desbordante alegría de los despachos oficiales al conocerse la decisión china de levantar las restricciones. "Argentina para adelante", sentenció la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, en su cuenta de Twitter, en su primera impresión por el cambio de actitud de las autoridades chinas, bien alejada de marzo de 2008, cuando se refirió a la oleaginosa como un "yuyo".
De la reacción argentina cabe inferir dos cosas:
Como siempre a lo largo de dos siglos de vida independiente, la Argentina depende de las decisiones de otros países de comprarle o no sus materias primas o productos de baja elaboración. Fue y dejó de ser el granero del mundo en la medida de las necesidades británicas, así como un siglo después exportó y dejó de exportar combustibles al ritmo de las posibilidades de autoabastecimiento brasileño. En relación con este último ejemplo, que la industria automotriz y de autopartes se vaya probando el traje: el parcialmente resuelto conflicto de Paraná Metal depende de la decisión o no de que la Ford de Sao Bernardo do Campo le importe su producción.
El modelo kirchnerista es más sojadependiente de lo que se creía. Con la soja y China, el problema excede largamente la suerte de una empresa, una ciudad o una región: mientras distraía a sus acólitos con campañas y frases altisonantes contra el "yuyo", el kirchnerismo fue diseñando desde 2003 una política económica cada vez más sojadependiente, al punto que hoy no puede concebirse al kirchnerismo sin la soja. La alegría presidencial expresada por Twitter no se limitaba a la solución de un diferendo comercial aislado. De las ventas de la soja y sus derivados depende todo el andamiaje económico: representan uno de cada cuatro dólares exportado, lo que explica mucho más que el superávit de la balanza comercial; casi U$S 120.000 millones de exportaciones liquidadas en los últimos siete años, más del doble de los dólares comerciales que integran las reservas internacionales del Banco Central; más de U$S 25.000 millones ingresados en el mismo período por retenciones, que determinan por sí solos el superávit fiscal primario acumulado desde entonces.
En otras palabras, sin el "yuyo", la Argentina estaría con déficits comercial y fiscal permanentes y las arcas del Banco Central estarían vacías. Las necesidades de caja fueron más poderosas que tres años de arengas contra los pooles de siembra, el monocultivo y el glifosato. Ahora, el yuyo es bueno.